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Cinco mitos Hebreos

                                        LA "DIASPORA"


Durante el reinado de Salomón, el comercio y las transacciones mercantiles de todo tipo, especialmente con los territorios de Arabia, experimentaron un incremento sustancial. Por todo ello, Salomón decide utilizar tanta riqueza en la construcción de la "Casa de Yahvé en Jerusalén, en el monte Moria, donde Yahvé se había manifestado a su padre David."

No obstante, en tiempos de Salomón, los israelitas pierden las provincias arameas, con lo que se va debilitando el reino de Israel. Además, todo ello va constituyéndose en preludio de lo que a partir del año 926 (a. C.), fecha en la que muere el rey Salomón, se transformar en hecho consumado, a saber: la separación de Israel y Judá.

Jerusalén se erigirá en capital de Judá y, en cuanto al reino de Israel, carecerá de capital fija; la última de sus ciudades, constituida en centro político y religioso, será Samaria. Mas este lugar, considerado como centro neurálgico y administrativo por la población israelita, es destruido por el rey Sargón II, aproximadamente doscientos años después de la muerte de Salomón. Cuando la ciudad fortificada de Samaria fue destruida, los israelitas se dispersaron, y se refugiaron entre los pobladores de los territorios cercanos y limítrofes.

Lo mismo sucede con Jerusalén, que sufre el acoso de Senaquerib y, tiempo después, es destruida por Nabucodonosor II, en el año 587 (a. C), quien la había sometido a un asedio continuo durante un año. Sus habitantes huyen, y se dispersan, en todas direcciones, con lo que se produce un hecho histórico conocido con el nombre de "diáspora".



"PUEBLO ELEGIDO"

Aunque Saúl siempre salía victorioso de todas sus batallas, sin embargo, en un aciago día, fue derrotado en la gran llanura de Jezrael por los certeros arqueros filisteos, quienes clavaron sus flechas mortíferas en el cuerpo exánime de Saúl y, como sangriento colofón, lo colgaron en las paredes de uno de los templos que habían erigido en honor de la diosa Venus.

Una gran ironía, por lo demás, puesto que en el templo de la diosa del amor se exhibe el cuerpo de un hombre, producto del odio entre unos y otros.

Entonces, es ungido David como rey, un hijo de Saúl, quien conquista la míti
ca ciudad de Jerusalén y la convierte en capital política y religiosa de los hebreos, al tiempo que deposita en ella el Arca de la Alianza, que constituirá el dato -cargado de connotaciones simbólicas- que muestra fe hacientemente el pacto llevado a cabo entre los hebreos, desde entonces transformados en "pueblo elegido", y el poderoso dios Yahvé.
                                        
EL MONTE SINAI       

Cuando los mortales buscan la protección de un "dios padre" es porque confían en que no va a abandonarlos en su infortunio, y porque esperan que siempre acuda en su ayuda.


Cuando los israelitas caminan por el desierto, Yahvé envía el maná para alimentarlos: "Mira yo haré llover sobre vosotros pan del cielo; el pueblo saldrá a recoger cada día la porción diaria".

.Aunque durante mucho tiempo se alimentaron únicamente de maná - el cual era "como semilla de cilandro, blanco y con sabor a torta de miel" -, sin embargo, los israelitas no se sentían del todo a gusto y, en ocasiones, protestaban o maldecían su suerte. Además, ahora se dedican a adorar a un becerro de oro, todo lo cual puede provocar la ira de Yahvé, puesto que es un dios muy celoso y, además, no permite compartir su gloria con otras deidades inferiores; más aún: fuera de él no hay ningún otro dios.

MITO DE LA CREACIÓN

Además de Jehová, también existía el nombre de Elohim para referirse a la única deidad, y los libros sagrados recogen estas designaciones en los relatos de la creación; "En el día que Jehová Elohim creó la tierra y los cielos. Ningún arbusto había todavía sobre la tierra, ninguna yerva había germinado aún, porque Jehová Elohim no había hecho todavía que sobre la tierra lloviese y ni había hombres que cultivasen el suelo. Pero una nube se levantó de la tierra y regó el suelo. Y Jehová Elohim formó al hombre con el polvo del suelo y soplóle en las narices el aliento de la vida".

Antes de topar con Jehová, los hebreos tenían otras deidades menores y más débiles. Adoraban a los genios o espíritus de ciertos fetiches, entre los que se encuentran los denominados "terafim"; éstos eran pequeños ídolos que podían transportarse, y que presidían el interior de las tiendas de las diversas tribus. El mismo rey David los llevaba consigo en sus traslados y, cuando se encontraba en peligro, permitía que los adivinos y magos los invocasen para obtener su ayuda.

El mismo término "Elohim" significa "los dioses" (en plural, lo cual indica que veneraban a varios dioses y que, por tanto, no eran aún monoteístas). Sin embargo, Yahvé es un dios celoso y no quiere otros dioses fuera de él. Es, además, "el dios de los ejércitos, y exige obediencia ciega y sumisión plena. Se le erigía culto y, en su honor, se sacrificaban animales de los rebaños y se suponía que en la comida de comunión el propio Yahvé tomaba parte. Se le reservaba la sangre de los animales y a los mortales se les prohibía."

UN DIOS PADRE SIN ROSTRO

Yahvé se manifiesta de diversas formas, pues su rostro no lo ha visto nadie, ni lo verá jamás. Los elegidos reconocen su voz y le obedecen, ya que da suficientes pruebas de su poder.

Por ejemplo, elimina a los primogénitos de los egipcios y respeta las casas de los israelitas, quienes previamente habían embadurnado sus puertas con la sangre del cordero como señal convenida.

Siempre existían datos, pruebas e indicios, que indicaban la presencia de Yahvé, quien enseguida mostraba su poder de una u otra forma. Los prodigios que obraba tenían, no obstante, un fin práctico: convencer al Faraón de Egipto para que dejase en libertad a los israelitas, o mostrar ante éstos su vigor y su fuerza.

Un pueblo subyugado deja sus antiguas creencias, abandona a sus ídolos y se somete al mandato de Yahvé para que éste lo libre de la ira de los faraones y lo conduzca, a través del desierto, hacia una hermosa tierra.

Sin embargo, en un principio, los egipcios no tenían ni la menor intención de dejarlos partir, por lo que la intervención de Yahvé se hace manifiesta y necesaria. Transmite sus órdenes a Moisés para que éste actúe conforme a sus palabras. Como Yahvé carece de rostro y de cuerpo visible se sirve de un mortal en todas sus acciones.

Lo primero que el encomienda a su subordinado es la misión de poner al Faraón egipcio en antecedentes de su existencia y de sus atributos. Más el Faraón no parece darse por aludido ya que, por lo común, no cumple sus promesas.

Yahvé se dispone a mostrar el alcance de su poder y, en un primer momento, hace que Moisés golpee las aguas de los ríos egipcios. Al instante se convierten en sangre, y los ciudadanos egipcios no pueden beber, y los peces mueren. Al cabo de una semana, el Faraón promete que dejará en libertad al pueblo israelita; el primer aviso de Yahvé fue decisivo. Pero serán necesarios muchos más para que les sea permitido, a los elegidos, abandonar Egipto.

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