Cinco mitos Hebreos
LA "DIASPORA"
Aunque Saúl siempre salía victorioso de todas sus batallas, sin embargo, en un aciago día, fue derrotado en la gran llanura de Jezrael por los certeros arqueros filisteos, quienes clavaron sus flechas mortíferas en el cuerpo exánime de Saúl y, como sangriento colofón, lo colgaron en las paredes de uno de los templos que habían erigido en honor de la diosa Venus.
Entonces, es ungido David como rey, un hijo de Saúl, quien conquista la mítica ciudad de Jerusalén y la convierte en capital política y religiosa de los hebreos, al tiempo que deposita en ella el Arca de la Alianza, que constituirá el dato -cargado de connotaciones simbólicas- que muestra fe hacientemente el pacto llevado a cabo entre los hebreos, desde entonces transformados en "pueblo elegido", y el poderoso dios Yahvé.
Cuando los mortales buscan la protección de un "dios padre" es porque confían en que no va a abandonarlos en su infortunio, y porque esperan que siempre acuda en su ayuda.
Cuando los israelitas caminan por el desierto, Yahvé envía el maná para alimentarlos: "Mira yo haré llover sobre vosotros pan del cielo; el pueblo saldrá a recoger cada día la porción diaria".
.Aunque durante mucho tiempo se alimentaron únicamente de maná - el cual era "como semilla de cilandro, blanco y con sabor a torta de miel" -, sin embargo, los israelitas no se sentían del todo a gusto y, en ocasiones, protestaban o maldecían su suerte. Además, ahora se dedican a adorar a un becerro de oro, todo lo cual puede provocar la ira de Yahvé, puesto que es un dios muy celoso y, además, no permite compartir su gloria con otras deidades inferiores; más aún: fuera de él no hay ningún otro dios.
Durante el reinado de
Salomón, el comercio y las transacciones mercantiles de todo tipo,
especialmente con los territorios de Arabia, experimentaron un incremento
sustancial. Por todo ello, Salomón decide utilizar tanta riqueza en la
construcción de la "Casa de Yahvé en Jerusalén, en el monte Moria, donde
Yahvé se había manifestado a su padre David."
No obstante, en tiempos de
Salomón, los israelitas pierden las provincias arameas, con lo que se va
debilitando el reino de Israel. Además, todo ello va constituyéndose en
preludio de lo que a partir del año 926 (a. C.), fecha en la que muere el rey
Salomón, se transformar en hecho consumado, a saber: la separación de Israel y
Judá.
Jerusalén se erigirá en
capital de Judá y, en cuanto al reino de Israel, carecerá de capital fija; la
última de sus ciudades, constituida en centro político y religioso, será
Samaria. Mas este lugar, considerado como centro neurálgico y administrativo
por la población israelita, es destruido por el rey Sargón II, aproximadamente
doscientos años después de la muerte de Salomón. Cuando la ciudad fortificada
de Samaria fue destruida, los israelitas se dispersaron, y se refugiaron entre
los pobladores de los territorios cercanos y limítrofes.
Lo mismo sucede con
Jerusalén, que sufre el acoso de Senaquerib y, tiempo después, es destruida por
Nabucodonosor II, en el año 587 (a. C), quien la había sometido a un asedio
continuo durante un año. Sus habitantes huyen, y se dispersan, en todas
direcciones, con lo que se produce un hecho histórico conocido con el nombre de
"diáspora".
"PUEBLO
ELEGIDO"
Aunque Saúl siempre salía victorioso de todas sus batallas, sin embargo, en un aciago día, fue derrotado en la gran llanura de Jezrael por los certeros arqueros filisteos, quienes clavaron sus flechas mortíferas en el cuerpo exánime de Saúl y, como sangriento colofón, lo colgaron en las paredes de uno de los templos que habían erigido en honor de la diosa Venus.
Una
gran ironía, por lo demás, puesto que en el templo de la diosa del amor se
exhibe el cuerpo de un hombre, producto del odio entre unos y otros.
Entonces, es ungido David como rey, un hijo de Saúl, quien conquista la mítica ciudad de Jerusalén y la convierte en capital política y religiosa de los hebreos, al tiempo que deposita en ella el Arca de la Alianza, que constituirá el dato -cargado de connotaciones simbólicas- que muestra fe hacientemente el pacto llevado a cabo entre los hebreos, desde entonces transformados en "pueblo elegido", y el poderoso dios Yahvé.
EL
MONTE SINAI
Cuando los mortales buscan la protección de un "dios padre" es porque confían en que no va a abandonarlos en su infortunio, y porque esperan que siempre acuda en su ayuda.
Cuando los israelitas caminan por el desierto, Yahvé envía el maná para alimentarlos: "Mira yo haré llover sobre vosotros pan del cielo; el pueblo saldrá a recoger cada día la porción diaria".
.Aunque durante mucho tiempo se alimentaron únicamente de maná - el cual era "como semilla de cilandro, blanco y con sabor a torta de miel" -, sin embargo, los israelitas no se sentían del todo a gusto y, en ocasiones, protestaban o maldecían su suerte. Además, ahora se dedican a adorar a un becerro de oro, todo lo cual puede provocar la ira de Yahvé, puesto que es un dios muy celoso y, además, no permite compartir su gloria con otras deidades inferiores; más aún: fuera de él no hay ningún otro dios.
MITO
DE LA CREACIÓN
Además de Jehová, también
existía el nombre de Elohim para referirse a la única deidad, y los libros sagrados
recogen estas designaciones en los relatos de la creación; "En el día que
Jehová Elohim creó la tierra y los cielos. Ningún arbusto había todavía sobre
la tierra, ninguna yerva había germinado aún, porque Jehová Elohim no había
hecho todavía que sobre la tierra lloviese y ni había hombres que cultivasen el
suelo. Pero una nube se levantó de la tierra y regó el suelo. Y Jehová Elohim
formó al hombre con el polvo del suelo y soplóle en las narices el aliento de
la vida".
Antes de topar con Jehová,
los hebreos tenían otras deidades menores y más débiles. Adoraban a los genios
o espíritus de ciertos fetiches, entre los que se encuentran los denominados
"terafim"; éstos eran pequeños ídolos que podían transportarse, y que
presidían el interior de las tiendas de las diversas tribus. El mismo rey David
los llevaba consigo en sus traslados y, cuando se encontraba en peligro,
permitía que los adivinos y magos los invocasen para obtener su ayuda.
El mismo término
"Elohim" significa "los dioses" (en plural, lo cual indica
que veneraban a varios dioses y que, por tanto, no eran aún monoteístas). Sin
embargo, Yahvé es un dios celoso y no quiere otros dioses fuera de él. Es,
además, "el dios de los ejércitos, y exige obediencia ciega y sumisión
plena. Se le erigía culto y, en su honor, se sacrificaban animales de los
rebaños y se suponía que en la comida de comunión el propio Yahvé tomaba parte.
Se le reservaba la sangre de los animales y a los mortales se les
prohibía."
UN
DIOS PADRE SIN ROSTRO
Yahvé se manifiesta de
diversas formas, pues su rostro no lo ha visto nadie, ni lo verá jamás. Los
elegidos reconocen su voz y le obedecen, ya que da suficientes pruebas de su
poder.
Por ejemplo, elimina a los
primogénitos de los egipcios y respeta las casas de los israelitas, quienes
previamente habían embadurnado sus puertas con la sangre del cordero como señal
convenida.
Siempre existían datos,
pruebas e indicios, que indicaban la presencia de Yahvé, quien enseguida
mostraba su poder de una u otra forma. Los prodigios que obraba tenían, no
obstante, un fin práctico: convencer al Faraón de Egipto para que dejase en
libertad a los israelitas, o mostrar ante éstos su vigor y su fuerza.
Un pueblo subyugado deja sus
antiguas creencias, abandona a sus ídolos y se somete al mandato de Yahvé para
que éste lo libre de la ira de los faraones y lo conduzca, a través del
desierto, hacia una hermosa tierra.
Sin embargo, en un
principio, los egipcios no tenían ni la menor intención de dejarlos partir, por
lo que la intervención de Yahvé se hace manifiesta y necesaria. Transmite sus
órdenes a Moisés para que éste actúe conforme a sus palabras. Como Yahvé carece
de rostro y de cuerpo visible se sirve de un mortal en todas sus acciones.
Lo primero que el encomienda
a su subordinado es la misión de poner al Faraón egipcio en antecedentes de su
existencia y de sus atributos. Más el Faraón no parece darse por aludido ya
que, por lo común, no cumple sus promesas.
Yahvé se dispone a mostrar
el alcance de su poder y, en un primer momento, hace que Moisés golpee las
aguas de los ríos egipcios. Al instante se convierten en sangre, y los
ciudadanos egipcios no pueden beber, y los peces mueren. Al cabo de una semana,
el Faraón promete que dejará en libertad al pueblo israelita; el primer aviso
de Yahvé fue decisivo. Pero serán necesarios muchos más para que les sea
permitido, a los elegidos, abandonar Egipto.

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